El arte de dejar ir

Superar es necesario, seguir adelante es esencial, mirar hacia atrás es perder el tiempo; si el pasado fuese bueno se llamaría presente. 

Es bastante probable que casi todos los seres humanos en edad de envolverse en cualquier lío sentimental hayamos tenido que afrontar alguna vez el hecho de soltar algo a lo que nos mantuvimos aferrados un buen tiempo. Y no es para nada fácil conseguirlo. 

Estamos acostumbrados a crear ataduras que finalmente terminan por parecerse más a un capricho que otra cosa. 

Algo que nunca he podido entender, es la incapacidad de la gran mayoría de mujeres y cierto sector masculino, de soltar las cadenas que los mantienen amarrados a relaciones  en las que el sufrimiento ha estado a la orden del día. ¿Qué, acaso son masoquistas?

En repetidas ocasiones nos vemos envueltos en estas situaciones y de seguro que si no fuera por las personas que nos rodean y a quienes claramente les importamos, no hubiera sido fácil superarlas. De principio nunca fue fácil.

Inexplicablemente nos apegamos de una forma estúpida a pensar que las cosas pueden cambiar y que quizá en adelante todo será diferente, así la contraparte nos haya hecho conocer las facetas más amargas del amor. Ahí es cuando entran los amigos, esos seres a quienes realmente les preocupa vernos en ese estado de idiotez (que afortunadamente es transitorio en la mayor parte de los casos).

¿Recuerdan a alguno de sus amigos mencionar el típico “Simplemente déjalo/a ir”? Claro, ¡como si fuera fácil! Estoy seguro que no existe una frase más frustrante que esta. No es posible contener la ira ante semejante estupidez, pues nadie sabe en absoluto cómo hacerlo o qué parte de nosotros es la que se mantiene sujeta a esa persona o situación que tenemos que “soltar”.

Claramente hay otro tipo de situaciones a las que bien puede encerrar este enunciado, tales como planes, ideas, malas experiencias e incluso ciclos que ya no son beneficiosos para lo que buscamos de nuestra vida, todos aspectos a los cuales se ajusta perfectamente la mencionada frase y su énfasis de refundir lo que no sirve en el pasado.

En ninguno de los casos se hace fácil desaferrarse, pero lo sano es cortar de raíz, alejarse de absolutamente todo lo que permita estar en contacto con eso que ahora quieres confinar en un espacio recóndito de tu memoria. Estar en medio no nos permite pensar con cabeza fría a la hora de tomar decisiones, pero ahí están los amigos y sus sabios consejos, empujones y destellos de sabiduría que sólo son posibles cuando no se está amarrado a lo que oprime o subyuga las ganas de superar esta etapa.

Escarbando en el ámbito de las relaciones, ¿qué es lo que hace insuperables los recuerdos de algo vivido con alguien? Absolutamente nada, pues eventualmente llegan a nuestras vidas personas que logran superar lo hecho por quien se espera poder dejar ir. Carajo, el pasado es sólo eso, P A S A D O, por lo tanto no hay razón para no querer superarlo. No es simple, pero no existe motivo alguno como para ni siquiera no intentarlo.

Sigamos por la misma línea: ¿Han llegado a notar que las personas que hicieron parte de nuestras vidas, sentimentalmente hablando, tienen ese acertado detector que les ordena reaparecer cuando intentamos volver a ser felices lejos de ellos? Es un comportamiento repetitivo en personas que, a pesar de haber optado por hacerte sufrir y ser felices lejos de tus intenciones, se preocupan excesivamente cuando notan pérdida de interés y sienten cierta lejanía de parte de a quien tanto hicieron padecer. Ahí están de regreso para intentar atacar las que saben que son nuestras debilidades y mantenernos sumidos de nuevo en ese limbo sentimental en el que parece que nos confinan, como si coleccionar almas en pena fuera su mejor pasatiempo. Y como débiles que somos, volvemos a dejarnos seducir por las promesas, por las palabras que ofrecen mejores mañanas; cedemos, renunciamos a esa felicidad que recién vuelve a nacer y finalmente nos arrepentimos y damos golpes por la culpabilidad que encierra el acto de pensar que de una vez por todas entendimos lo que el “dejar ir” significa, dejando partir a esos amantes que recién llegaban con nuevas y prometedoras experiencias que aseguraban terminar de refundir el pasado.

Finalmente uno entiende que lo que hay que dejar ir o soltar definitivamente son las ideas. Sí, las ideas que nacen de pensar en el bienestar al lado de personas a quienes claramente no les importas, ideas de planes que no convienen y tampoco edifican en lo absoluto. Los cambios siempre dependen de la disposición que se tenga de afrontar lo que tanto nos preocupa, cortar las ataduras que nos ligan a lo que no nos conviene y dejarse llevar por los planes que sugieren nuevas oportunidades de conocer y volver a ser feliz, aunque esto implique fuerza de voluntad excesiva, cantidades exageradas de distracciones, desistir, apartarse de ideas y quizá un poco de licor (que aunque no sirve de nada, por lo menos es capaz de borrarte la memoria por un instante). Dejar ir es un arte que aprendemos cuando somos capaces de lograr la conjunción de todas estas variables.

Somos seres en búsqueda constante de experiencias positivas como la felicidad, tranquilidad, éxito y todas aquellas experiencias que llenan la existencia y nos resistimos a todo lo negativo que acabe con nuestra tranquilidad, como la incapacidad de alcanzar nuestros planes, el miedo, la ansiedad y la desesperación. El punto es sencillo, terminamos por crear ese escenario alrededor de eso que tanto nos preocupa tener que desatar, decidimos estar amarrados por más tiempo, como si el sufrimiento fuera la única opción de la que disponemos y todo precisamente por la resistencia a soltar aquello que preferiríamos evitar. Aún más sencillo, le damos toda nuestra importancia, atención y energías, por lo tanto adquiere poder sobre nuestra voluntad de apartarnos; aferrarse a algo o alguien tiene que ver directamente con la idea de no renunciar a una experiencia específica y negarse a sujetar otra.

Teniendo claro que la voluntad es la capacidad que tenemos para decidir si realizar un acto o no, ¿por qué escoger quedarse en la oscuridad pudiendo ver la luz?

Todo se reduce a miedos: ¿Qué sería de mí si emprendo un nuevo camino? ¿Qué sucedería si me desato del pasado y me arriesgo a aventurarme con nuevas experiencias? ¿Y si no todo resulta como lo espero? Bueno, ¿pero qué sería de nosotros si dejamos todo tal como está y asumimos que preferimos estar ligados a experiencias que no le aportan al presente? Ese es el temor, negarse la posibilidad de conocer y aventurarse por pensar que en el pasado al menos se tiene todo claro. Quizá ahora se puedan reconocer evaluando estas preguntas y buscando razones para tratar de justificar ese miedo de desprenderse de lo que los tiene intranquilos (“No me puedo desatar o arriesgar porque…”). En otras palabras, nos negamos a afrontarlo por miedo a estar solos, a la separación, a arriesgar, a morir, a sentirnos impedidos y a no alcanzar los planes; nos amarramos de nuevo a esa sensación de control que transmite el pasado y la idea de que allí podemos influir, lo que ya creemos conocer y el tonto pensamiento de asumir que las cosas pueden cambiar, aunque tengamos claro que estamos haciendo lo mismo que ya antes no nos funcionó y que hemos intentado una y otra vez. Nos estresamos, frustramos y cuando ya nos sentimos exageradamente agotados, reaccionamos, sentimos la suprema necesidad de darle sentido a la frase que tanto evitamos y simplemente dejamos ir…

La mejor forma de superar un miedo, es simplemente no negarse a resistirlo, pues sólo ahí nos damos cuenta que este no es más que una proyección que hacemos sobre nuestro pasado o futuro, por lo tanto no puede ser más real que nuestras ganas de vivir sin temor a arriesgar. El truco de dejar ir está en aceptar la posibilidad de sufrir y de afrontar algo que seguramente no se quiere vivir. Si te aceptas como un ser que no es perfecto y enfrentas lo que tanto te preocupa, es justo ahí cuando las cosas buenas empiezan a llegar a tu vida, sólo cuando eres positivo y lo encaras con placentera calma.

Deténgase un momento, hágase la siguiente pregunta y piense: ¿Cuáles son las ideas que aún me resisto a dejar ir por completo?

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