Sobre cómo sobrevivir al Festival Estéreo Picnic completamente solo y sin compañía

A propósito por estos días que muchos disfrutan de una versión más del Festival Estéreo Picnic, quise relatarles lo que fue una travesía que emprendí para poder estar presente en la edición del año 2013.

La siguiente es la forma por la que, sin esperarlo y de un momento a otro, terminé en una ciudad diferente a la de residencia y en un evento al cual ya me había resignado a no asistir; por aquel entonces estaba radicado en Bucaramanga, trabajaba tranquilamente una tarde de viernes, a menos de 24 horas del inicio del festival leí en Twitter el llamado de “auxilio” de una conocida que solicitaba compañía para no tener que ir sola hasta el lugar destinado para el mencionado acontecimiento.

Terminé convenciéndome de que a pesar de estar en otra ciudad, de ya no conseguir tiquete aéreo a un precio que justificara el sacrificio, de tener que trabajar el resto del día para dejar listo todo el trabajo del fin de semana y así poder contar con mi libertad aquellos días, además de tener que viajar por carretera en el último bus que salía para Bogotá, el cual primero tendría que llevarme hasta Tunja para alargar la travesía. No sé si han hecho este trayecto por carretera, pero para que me entiendan, no es necesario entrar hasta la capital boyacense para tomar carreteras de Cundinamarca. Este asunto supongo que se debe a que estas empresas deben embutir más gente en sus buses para justificar operar dichas rutas.

Bucaramanga, salida: 11 pm – Bogotá, llegada: 5 pm del día siguiente. Uno jamás puede explicarse por qué Murphy hace presencia con su ley justo cuando uno más necesita que todos los astros logren alinearse a su favor. De esta forma un viaje que promedia las 8 horas, termina convirtiéndose en un trayecto de casi 19 horas y les puedo jurar que esto que digo es más real que las tetas de Marbelle.

“Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Otra vez Murphy, aunque esta vez demostrándome que si algo ya está saliendo mal, puede resultar aún peor. Y así fue porque después de bajarme del condenado bus en el cual viajé, al llamar a la conocida con quien quedé de ir para ponernos de acuerdo y convenir un punto de encuentro, noté en su tono cierto aire de disculpa que más bien sonaba a excusa forzada para justificar el hecho de repentinamente ya no poder ir.

Así son las cosas, trabajé a doble máquina, viajé más de medio día, aguanté hambre y dejé todo tirado para que en menos de dos minutos que duró dicha llamada, tuviera que replantear todos los planes y así poder asistir. Después de esto lo único que se puede producir en la cabeza de cualquier humano, es molestia, desespero y una incomodidad equiparable a lo que puede ser recibir una “patadita de la buena suerte” de Jorge Barón.

Lo medité otro par de minutos en medio del terminal de transportes de la fría Bogotá, fui al baño a descargar mi vejiga, aunque el hambre no me dejaba pensar tan claramente como para resolver qué hacer a continuación. Decidí ir a visitar a un amigo que amablemente me invitó a comer, aunque no me aclaró que su propuesta se refería al clásico “yo invito, usted paga”. Siendo un amigo y casi hermano, esos detalles se le perdonan.

7 pm y otra llamada que finalmente terminó por convencerme de que lo mejor que podía hacer estando esa noche en Bogotá, era llevar a cabo el propósito que me condujo hasta allá. Algo tienen las mujeres que a la larga terminan persuadiéndolo a uno de tomar riesgos. Lo siguiente era plantear el método para llegar hasta el otro lado de la ciudad, considerando que el evento era una cuadra más allá de la m***da y que me encontraba a una distancia que mi bolsillo jamás hubiera podido cubrir de haber decidido recorrerla en taxi.

Ni modo, la única alternativa a la cual podría recurrir en este momento, era Transmilenio. Si alguno de los lectores sabe de primera mano lo que es viajar en el transporte masivo de Bogotá, creo que ya se podrá estar haciendo una idea de lo que está por venir en esta historia.

Primer paso: Esperar el alimentador. Mal contados, fueron unos 45 minutos esperando a que dicho vehículo apareciera. A partir de allí, otros 15 minutos de viaje hasta el denominado Portal de la 80. Tiempo recorrido: 1 hora.

Segundo paso: Preguntar qué ruta me llevaría hasta el Portal del Norte. Después de preguntar a 3 guardias de seguridad bastante desubicados y de pasar un par de veces el túnel peatonal de lado a lado (quizá eso cuenta como la primiparada del que está perdido), logré dar con un señor que parecía de confianza y que muy amablemente me ubicó en donde debía esperar el articulado. Tiempo preguntando y esperando: 15 minutos.

Tercer paso: Finalmente abordar el atestado articulado que me llevaría hasta el otro lado de la ciudad. Sume otros 45 minutos de hacinamiento y recorridos por sectores que jamás recuerdo haber recorrido (hay que aceptar que Bogotá es tan grande, que difícilmente uno recuerda avenidas si no las transita a menudo). Una vez en el Portal del Norte, nuevamente tuve que correr buscando que alguien me explicara cómo llegar hasta el Parque Deportivo 222, ubicado en una zona que parece más cercana del municipio de Chía que de la propia capital. Sume otros 10 minutos y totalice el asunto en 55 minutos, aunque siendo justos, también debo tener en cuenta los otros 5 minutos esperando el bus que me llevaría a la mitad de la nada, justo donde se realizaba el mencionado festival.

Cuarto paso: Confiar en que abordé la ruta correcta hacia el destino. De esas cosas que casi siempre sucede cuando llevas afán, es precisamente que nadie tiene una respuesta acertada a una duda que necesitas resolver de inmediato. Como era de esperármelo, nadie sabía del tal Estéreo Picnic y el desespero se empezó a apoderar de mi paciencia.

Finalmente un señor acertó al contestarme “Ah, esa debe ser la fiesta que hay como por la 222” y fue inevitable que se notara mi emoción al saber que aún tenía esperanzas de llegar. Lo primero que le dije a este personaje fue “¿Usted sería tan amable de indicarme dónde debo bajarme?”. Mi peor error: confiar en alguien más para que me informara la parada donde debía bajarme. Sumemos otros 15 minutos de recorrido.

Quinto paso: Habiéndola cagado por confiado, a “caminar” las consecuencias. Sucede que a veces tienes el presentimiento de que te acercas a tu destino, pero a cambio prefieres confiar en otras personas que probablemente tienen miles de asuntos en sus cabezas, menos informarte sobre aquello que les solicitaste. “Señor, por favor no se le olvide avisarme dónde bajarme”. ¿Cuál creen que sería mi cara cuando aquel en quien confié me respondió “Ay, que pena, eso lo pasamos hace como 5 minutos”? No crean, lo menos que se me pasó por la mente fue disgustarme. La realidad, aquí entre nos, fue que el pánico me invadió. Muchos de ustedes quizá han recorrido la Autopista Norte y seguramente sabrán que en horas de la noche se aprecia que uno que otro potrero no está iluminado. Ni modo, a caminar de regreso. 30 minutos más adelante, por fin divisé lo que parecía ser el callejón que marcaba la entrada hacia el evento. Respiré profundo y me froté las manos para que entraran en calor, pues las tenía literalmente congeladas después de semejante recorrido.

“No puede entrar con esa correa”. 10 pm y un nuevo obstáculo por superar si quería ingresar. Es lógico que te impidan ingresar con accesorios que puedan herir a los demás asistentes o incluso a los propios artistas en caso de alguna eventualidad. Me pueden anotar otros 10 minutos a la cuenta, tiempo que tardé localizando a un señor que se hizo la noche cuidando topo tipo de artículos en la zona externa. Debo decir que dí por perdida mi correa a pesar de que su negocio estaba tan bien organizado, que hasta una ficha me entregó; 5 mil pesos era mucho menos que lo que yo había pagado por aquella reata, así que decidí tomar el riesgo de dejarla con este personaje.

Nuevamente en la entrada, pero resulta que a la hora que llegué, el personal que verifica el listado de invitados de alguno de los patrocinadores no estaba allí (tráfico de influencias, obviando la parte ilegal). “Bueno, lo vamos a dejar entrar, pero pregunte por X persona en el segundo filtro”. El camino hasta este segundo filtro, fácilmente podría ser un poco más largo que una cancha de fútbol, pues es el espacio destinado para parqueaderos y como se lo podrán imaginar, al evento asiste demasiada gente de buen modo y con vehículo.

Una vez allí y después de esperar unos 5 minutos a que apareciera la persona encargada, verificaron la respectiva información, me hicieron entrega de mi manilla y finalmente pude gritar para mis adentros “¡Coroné, hijuep***”.

PulseraEstereoPicnic

Una vez adentro, todo es mágico: Stands de las marcas patrocinadoras ofreciendo uno que otro producto interesante, muestras gratis, gente agradable, mujeres hermosas (y de todos los tipos imaginables), personas disfrazadas, peluquería, zona de comidas rápidas, venta de cerveza, stands para entretenimiento sano (recuerdo que había uno donde golpeabas una batería repleta de pintura fluorescente y te embadurnabas hasta el alma), una especie de bazar hippie con toda clase de artículos curiosos, dos escenarios para elegir y una larga fila de baños (los suficientes como para cubrir con la demanda de hipsters con la vejiga congelada y casi a punto de reventar por la ingesta de cebada fermentada).

Bueno, ¡a lo que vinimos! A pesar de ingresar tarde, aún estaban por subirse a tarima algunas de las bandas que me motivaron a emprender toda esta travesía que les relato. Sé que mi situación podría parecerles bastante “forever alone”, y no crean, yo también tenía presente que mi cara era la de aquel personaje al que todos dejaron metido y al que no le quedó más remedio que armarse su propia fiesta. Tenía que agotar mis recursos, así que publiqué en redes sociales toda aquella información que consideré vital para que alguno de mis conocidos y que también estaban presentes, pudieran darse cuenta a ver si alguno era tan amable de acogerme por el resto de la noche. Incluso me contacté con un par vía Whatsapp y hasta llamé a otros cuantos, pero cada uno estaba tan metido en su fiesta, que lo último que les importaba, era adoptar a un solitario muchacho con ganas de disfrutar de su noche. En cuanto a quienes llamé, a pesar de que me contestaron, con el sonido de fondo era virtualmente imposible intentar descifrar lo que se decía en ambas vías.

Ni modo, a reconocer el campo y a disfrutar por mi cuenta. Caminé por toda el área destinada al evento, me reí con desconocidos, disfruté de actividades al aire libre y exageradamente frío, me tomé como 20 botellas de agua que me regalaron esa noche, fui a orinar igual cantidad de veces y hasta alcancé a sentir el efecto del humo de alguna variedad de cilantro salvaje que tuve que aspirar en el interior de la carpa donde cerró la noche aquel famoso dj con rasgos orientales.

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Dejando claro que me disfruté lo que más pude del evento, no podría culminar la historia sin relatarles lo que fue el regreso a Bogotá después de las 3 am, pues ni para regresar a la ciudad me encontré a algún conocido.

Cierto, la correa me estaba esperando afuera, el señor cumplió con su compromiso y me la devolvió intacta a cambio de los acordados 5 mil pesos.

Una vez más el pánico me invadió al pensar cómo regresaría a Bogotá y en vista de la situación, sólo se me pasaba por la mente tener que caminar hasta la zona urbana. Lo único que logró devolverme el alma al cuerpo, fue escuchar a un pregonero gritando “Directo hasta la 170”, por lo que no dudé en abordar. Ya en aquella parada pensaría qué hacer.

A que no adivinan quién fue mi salvadora esa noche al darme posada en su casa. ¿Se acuerdan de aquella persuasiva chica que finalmente me convenció de ir? De no ser por ella, apuesto a que mi cama hubiera sido el pavimento de la fría Bogotá justo allí en la 170.

Claro, 15 mil pesos de taxi más adelante y en un edificio contiguo a la Universidad Javeriana, aquella chica me estaba esperando para que le contara al detalle todo lo que había sido mi itinerario; terminamos de amanecer hablando y riendo. Ese mismo día tuve que regresar a Bucaramanga, pero exageradamente feliz de haber estado presente en la cuarta edición y de haber hecho parte de las 25 mil personas que disfrutaron del Festival Estéreo Picnic 2013.

Por cierto, si usted aún duda al pensar en ir y prefiere partirse de la envidia de ver cómo sus conocidos lo disfrutan y publican los videos y fotos de sus artistas favoritos en tarima, créame que la de este evento es una inversión que bien vale la pena hacer, así deba abrir venta de dulces en su universidad u oficina para ir acumulando moneditas hasta completar al menos lo que le cueste la boleta. Buena suerte con la tarea.

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2 comentarios en “Sobre cómo sobrevivir al Festival Estéreo Picnic completamente solo y sin compañía

  1. No entendí bien, ¿Pagó o no pagó por la entrada? ¿Cómo hizo?

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