Mochileando en El Cabo de la Vela

Viajar es uno de esos placeres que inyectan más energía, relajan y renuevan las ganas de enfrentarse a la vida con otros ánimos, por eso resulta tan gratificante cambiar de latitudes y escaparse eventualmente de la monotonía en la cotidianidad. No sé si les ocurra lo mismo, pero en mi caso viajar me ha servido en ocasiones para expandir el entendimiento, conocer lugares, relacionarme con diferentes tipos de personas en variedad de entornos, aprender de otras culturas y costumbres, olvidarme de todo aquello que me preocupa e incluso hasta a dar el primer paso para dejar atrás momentos amargos por los que eventualmente tenemos que pasar los seres humanos.

Entre tantos recuerdos que se me vienen a la memoria de algunos de los viajes que he tenido la fortuna de emprender, tengo presente en particular una experiencia que logró revitalizar mi mente y que a continuación me dispondré a detallar.

“El mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página”

Con esta frase inicio este relato de lo que fue una de las más gratas experiencias que tuve hace algunos años cuando con mi primo, radicado para ese entonces en la ciudad de Bucaramanga, decidimos cargar nuestros morrales y emprender una travesía por carretera hasta uno de los extremos más retirados de Colombia, El Cabo de la Vela en La Guajira.

Era la víspera de Semana Santa del año 2009, nos encontrábamos en La Mesa de los Santos, a una media hora del casco urbano de la capital santandereana, cambiando ese ambiente caótico de la ciudad, relajados planeando cuál sería nuestra aventura para aquellas vacaciones; surgieron muchas ideas, seleccionamos las más llamativas y finalmente nos inclinamos por emprender una travesía de mochileros con recursos bastante reducidos hasta el departamento de La Guajira en busca del mar Caribe colombiano.

Así fue como trazamos vagamente nuestros planes y organizamos el que sería nuestro itinerario para los siguientes días: Bucaramanga – Maicao, pasando por algunos municipios de los departamentos de Norte de Santander, Cesar y Magdalena, ajustando poco más de 600 kilómetros y 9 horas consecutivas de recorrido.

Una vez en Maicao, un punto estratégico de comercio entre Colombia y Venezuela, nos dispusimos a definir cuáles serían las provisiones que nos llevaríamos para el tiempo que estaríamos distanciados de la civilización. “Me acompaña alguien que se mueve diariamente en el amplio mundo de la gastronomía, dejemos que decida él”, pensé acerca de mi primo antes de encargarle el aprovisionamiento de alimentos para los días siguientes. Este es el momento en que pienso que a pesar del presupuesto tan reducido con el que viajamos, mi primer error fue encargarle esta responsabilidad a alguien que iba montado en otra película (Piratas del Caribe, más adelante explicaré por qué). Haciendo algo de memoria, a continuación mencionaré tales provisiones o al menos las que logré recordar:

  • Enlatados.
  • Pan.
  • Bloqueador solar (nunca supe dónde fue a parar, así que ya se imaginarán mi desenlace).
  • Un gajo de bananos (ni les digo a qué sabe un banano después de someterse a semejante calor durante unos 3 días).
  • Papel higiénico (no podía faltar y en este sentido diría que fue un completo acierto).
  • Agua (APENAS una botella de poco más de un litro).
  • 3 botellas de Bacardí (sí, ¡RÓN! Mi primo es al único a quien se le ocurre comprar licor para hidratar en medio de una zona completamente desértica, como lo es El Cabo de la Vela y zonas aledañas).
  • Cerveza, mucha cerveza (sí, más alcohol para hidratar) 😒
¡Rón pa'l que quiera!

¡Rón pa’l que quiera!

Seguramente olvido uno que otro artículo, pero básicamente esa fue su lista de compras. No me van a creer su respuesta cuando le pregunté sobre qué pensaba al confiarle nuestra aventura a los mencionados artículos: “Es que los piratas en altamar se hidrataban con rón, comían conservas y muchas frutas”, me respondió. Fue la primera vez que me preocupé de pensar que estaba a punto de meterme en apuros.

Después de asimilar la inversión que acababa de hacer mi primo con parte del presupuesto, era hora de buscar algún transporte económico desde Maicao hasta nuestro destino. Quienes han ido a estas playas, saben que hay unas camionetas 4×4 con aire acondicionado y otras comodidades que hacen este recorrido de una forma más que placentera para los pasajeros, pero infortunadamente el presupuesto nos indicaba que esto era un lujo y que el plan desde el principio fue el de vivir una aventura. Preguntando a los lugareños sobre las posibilidades que teníamos para llegar al destino, alguno nos aclaró que era posible viajar en el planchón de las camionetas que se usaban como medio de transporte de aquellos indígenas ‘wayúu’ que viajaban al pueblo para hacer compras y abastecer a su comunidad; nos pareció que era una excelente alternativa, aunque no teníamos claro a qué nos íbamos a enfrentar.

Recuerdo claramente que dicha camioneta era una vieja Ford F150, asumo que de la década de los setenta. La segunda vez que me preocupé fue justo en el momento en que volteé a mirar en el planchón para detallar dónde era que viajaríamos: Un par de tablas de madera rígida ubicadas a lado y lado hacían las veces de sillas sin espaldar para aquellos valientes que se atrevieran a padecer el suplicio de tener que “plancharse” la rayita de la retaguardia durante el extenso recorrido y sin contar con la extrema incomodidad a causa de innumerables sacos, costales, cajas con alimentos y otros artículos e incluso animales como gallinas y chivos.

“Bueno, pues a esto fue que vinimos. ¡Que carajo!”.

Eso pensé en medio de mi desconocimiento por el trayecto, el cual además de lo prolongado que resulta y la incomodidad en medio de toda esa carga que no hace más que estorbar, cambia de carreteras estrechas y llenas de baches a trochas polvorientas y agrietadas a causa del extremo sol que las azota diariamente. Suena muy bonito así como ustedes lo leen, pero créanme que este ha sido uno de los peores trayectos que he hecho en toda mi vida y definitivamente no quisiera tener que repetirlo algún día. La experiencia me quedó y gracias a eso es que quizá en este momento han de estarse riendo a costa de mi desgracia.

Lo mejor aún estaba por venir. ¿Se imaginan lo que ha de ser un viaje en una camioneta de más de 30 años y a la que seguramente no le hicieron cambio de amortiguadores en un buen tiempo? Además de esto, ¿se imaginan ir sentado saltando en un pedazo de tabla a causa de las grietas del suelo árido del desierto, exageradamente incómodo sin poder moverte un centímetro y casi sin poder respirar por temor a aspirar las nubes de polvo que se levantaban por la acción del feroz viento de la zona? Fueron las dos horas más largas de mi vida, sin duda alguna.

¿Se quiere reir una vez más? Bueno, imagine en qué condiciones llegué al destino después de todo esto. Si me imaginó encorvado, con dolor intenso en las posaderas, ‘mono’ y cubierto de polvo de pies a cabeza, acertó.

He de decir que no todo en este trecho fue malo, pues de camino pude admirar cosas tan especiales como un tren que transporta la sal desde las salinas de Manaure y cuya extensión fácilmente puede ser de unos dos kilómetros (quizá estoy siendo exagerado, pero de verdad tiene muchos más vagones de los que habitualmente lleva un tren de carga) y otro detalle que tendré en mi mente por siempre, como el de moverse a través del desierto entre sus paisajes áridos durante más de una hora y de repente ver cómo el mar se adentra en las playas de la zona.

Una vez en nuestro destino, era tiempo de identificar la zona. Desierto y mar, mucho sol, poca sombra y unos cuantos ranchos que la comunidad logró adecuar para recibir a los turistas. Por supuesto que estos tienen costo y nuestro presupuesto una vez más no alcanzaba para estas comodidades. Después de discutirlo un rato y teniendo en cuenta que la idea inicialmente era dormir en carpas, optamos por alquilar un espacio aledaño a uno de esos ranchos a orillas del mar. Nuevamente pudimos ahorrarnos unos cuantos pesos.

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Acampando en la ranchería, noche 1

Para el día siguiente y ya relajados, decidimos salir a caminar y explorar ampliamente la zona. Después de un rato bajo el abrasador sol, llegamos a un mirador conocido como El Faro, desde donde pudimos apreciar ampliamente la exótica belleza de la zona. Lo siguiente en nuestra agenda para ese día, era encontrar un lugar un poco más retirado de las rancherías, lejos del contacto con otras personas que en calidad de turistas llevan el bullicio y sus malas costumbres a un lugar al que se va en busca de paz.

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Yo amo a Siloé. ¿Y usted?

A pocos kilómetros de aquel mirador encontramos el lugar adecuado para nuestro retiro. Sendero abajo por un acantilado, caminamos hasta un amplio margen a orillas del mar cuyo nombre al parecer era ‘Playa Escondida’. El lugar hacía parte del patrimonio de uno de los indígenas ‘wayúu’ con quien acordamos una tarifa para poder hacer uso de su propiedad, pero por un costo inferior al de la pasada noche. Yiro, como se llamaba aquel personaje, vive del comercio de diferentes artículos entre Colombia y Venezuela, además de ofrecer algunos otros servicios a los turistas que prefieren la tranquilidad de su territorio retirado de las rancherías invadidas de civilización.

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Playa escondida

Después de resolver cuál sería nuestra zona de camping en adelante, lo que nos quedaba era seguir caminando y admirarnos con la belleza de los parajes guajiros y del Mar Caribe golpeando las orillas del desierto que por esos días nos acogió. Lo vivido a partir de aquí fue inolvidable: parajes desérticos y el mar adentrándose en sus terrenos, animales silvestres, el sol “ahogándose” en el mar al final de las tardes, la luna alumbrando los caminos en las noches, la exótica gastronomía de la región, la interacción con los nativos y el wayuunaiki (su lengua), los amaneceres y otros tantos recuerdos que ahora quizá no tengo presentes, hicieron de esta una de las mejores experiencias de mochilero que he tenido.

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Acampando en Playa Escondida, noche 2

“Si rechazas la comida, ignoras la vestimenta, temes la religión y evitas a las personas, quizás sea mejor que te quedes en casa”

Respecto a su gastronomía, recuerdo perfectamente que alguno de esos días se nos presentó la oportunidad de comer algo que los wayúus llaman “friche”, un arroz con carne y sangre de chivo. No es el tipo de gastronomía al que estoy acostumbrado, pero de todas formas me arriesgué a probarlo. Su gusto es parecido al de la morcilla, a diferencia de que la carne de chivo es algo cauchosa y el masticarla se asemeja como a morder un chicle. En otra oportunidad, aprovechando que mi primo tiene una amplia experiencia en gastronomía y que acababa de negociarlos con unas personas que se acercaron a la orilla con sus canoas, almorzamos un par de pescados con pimientos que preparó de forma artesanal en rocas calientes por la acción del sol de mediodía.

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Pescado artesanal

Otro de esos recuerdos que tengo de aquellos amaneceres allí en Playa Escondida, es ver cómo llegaban grupos de chivos en busca del único pozo de agua dulce de toda la zona. Temprano en la mañana, como buen escalador que es este animal, uno a uno iban descendiendo por las paredes de roca hasta llegar al nacimiento para calmar la sed e hidratarse para el resto de su jornada bajo el incandescente sol del desierto.

Al fondo se aprecian los chivos descendiendo hacia al pozo.

Al fondo se aprecian los chivos descendiendo hacia al pozo.

Entre otras cosas, por aquellos días mi primo y yo escuchábamos constantemente una canción que finalmente terminamos designando como la banda sonora del viaje; tanto a él como a mí nos encanta la música electrónica, vibrar con los beats y las melodías, por eso esta canción terminó sonando en loops durante toda nuestra aventura.

En realidad fueron demasiadas experiencias y a veces las palabras se quedan cortas para expresar todo lo que vivimos durante los días de nuestra estadía, así que mejor les comparto algunas de las imágenes que quedaron para el recuerdo.

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Les comparto otra historia que hice algún tiempo atrás con las mismas fotos: La Guajira – Colombia (Semana Santa – 2009)

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