Sobre cómo sobrevivir al Festival Estéreo Picnic completamente solo y sin compañía

A propósito por estos días que muchos disfrutan de una versión más del Festival Estéreo Picnic, quise relatarles lo que fue una travesía que emprendí para poder estar presente en la edición del año 2013.

La siguiente es la forma por la que, sin esperarlo y de un momento a otro, terminé en una ciudad diferente a la de residencia y en un evento al cual ya me había resignado a no asistir; por aquel entonces estaba radicado en Bucaramanga, trabajaba tranquilamente una tarde de viernes, a menos de 24 horas del inicio del festival leí en Twitter el llamado de “auxilio” de una conocida que solicitaba compañía para no tener que ir sola hasta el lugar destinado para el mencionado acontecimiento.

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Tinta, cafeína y rock n’ roll

Así fue como consumimos las botellas, mientras hablábamos de lo que sería nuestro encuentro la próxima vez que al destino le diera la jodida gana de volver a juntarnos. Te escuchaba y escribía casi al tiempo en que pasaba los tragos de aquella botella de Jägermeister que compramos en ese viaje que hicimos por Europa; digitaba y recordaba el memorable instante en que nuestras bocas se rozaron por primera vez y no apartaba de mi cabeza ese Love me two times, baby, love me twice today¹ de Morrison, mientras pensaba que mis días en aquel entonces tenían el sabor de la dulce melaza de tus labios, el herbáceo sabor de cada copa de esta botella y los recuerdos de todos los momentos juntos allí bajo las palmas que fueron cómplices de esa magia que entre los dos fluyó.

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Viaje a través del universo musical de Cerati: Una despedida

“Poder decir adiós es crecer”

Quisiera no tener que iniciar este escrito con una de las frases de una de sus canciones, pero la situación me ha remitido a empezar con la despedida. No hay forma de explicar el estar triste por el hecho de no poder deleitarse más con esa música que seguramente Gustavo ya componía en su cabeza, y aunque quizá cuatro años sean más que suficiente preparación para esto que se veía venir, no deja de ser un hecho melancólico tener que despedir definitivamente al capitán de este viaje al que llamas música. Le debo el haber conocido muchos más destinos que me sirvieron de introducción a otros artistas y géneros, por eso será inolvidable el momento en que, aún siendo un niño, decidí abordar el barco que llevaba por nombre ‘Soda Stereo’ y me deleité navegando al ritmo de un ‘Té para tres’ que logró estremecer la embarcación con su versión ‘unplugged’.

Trascender a una nueva etapa sin ya contar con ese genio que musicalizó todas las etapas de tu vida es algo más que difícil, pues desde que me presentaron a Cerati, sentí una conexión extraña con la magia de sus letras y la versatilidad de sus acordes. Y es que podía pasar de soñar con un ‘Amor Amarillo’, darme un ‘Paseo Inmoral’ o pensar en hacer ‘Cosas Imposibles’, a tener un ‘Deja Vu’, levantar un ‘Altar’ o incluso cometer un ‘Crimen’.

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Por eso he de (algún día) regresar a mi ciudad…

Nota: Este artículo fue publicado originalmente el 8 de mayo de 2013 entre las notas de mi perfil de Facebook, como parte de algunas cosas que decidí escribir durante las aburridas noches que pasé en la ciudad donde residía en ese entonces.


No fue sino hasta que partí que empecé a valorar las largas caminatas que acostumbraba a dar eventualmente por mi ciudad, Cali.

Extraño esa travesía que por propio gusto realizaba desde Santa Librada, pasando por las cascadas de la Loma de la Cruz, subiendo por las empinadas calles de San Antonio, justo por el camino que me llevaba directo a la Galería de Arte y Café de Mauro Phazan, uno de mis lugares favoritos y que sin duda recomiendo a quien ahora me lee.

El trayecto obligado de algunos de mis viernes nunca pudo ser estático; me encanta caminar al ritmo de la música que marque el ‘shuffle’ de mi teléfono y por eso de estar disfrutando de un buen café en San Antonio al ritmo de Superlitio, podía pasar a una breve caminata hacia El Peñón con los sonidos electrónicos y aires de tango de Bajofondo, cruzarme con alguna vendedora de mango biche o chontaduro, deleitarme con aquellos productos que anhelo ahora que me encuentro lejos, cambiar de nuevo de melodía y emprender otro viaje por los senderos del río Cali de la mano de Bob Marley mientras esperamos la caída de la noche.

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